Cuando un Padre se va... ¡Un golpe bajo!


Por dónde empezar... Han pasado nueve meses desde que mi papá murió, y sinceramente, no ha sido nada fácil. Hasta que ya no los tienes, no dimensionas cuánto significan en tu vida. Me hubiese gustado abrazarlo más, visitarlo más, compartir más momentos a su lado. 

Hace dos años, tuve un sueño: recibía una llamada que decía que mi padre había muerto en Los Cabos y que lo llevaban a Ciudad de México. Me quedaba paralizada, confundida:

—¿Cómo que mi papá murió? ¿Por qué?

 Vi cómo lo bajaban en ataúd de una carroza fúnebre. Corrí a abrazarlo. Sentí un vacío tan fuerte, una tristeza tan profunda, una soledad que nunca antes había sentido.

Desperté llorando. Lo primero que hice fue llamarle. Le conté el sueño. Se rió y me dijo:

—No pasa nada, hija. A lo mejor me muero pronto.

Fue una conversación extraña. En ese momento, no imaginé lo que vendría.



En diciembre de 2016, mi papá comenzó con síntomas raros: ojos inflamados, irritación constante. Nada lo mejoraba. Cambiaba de médico, de medicamentos, pero seguía igual. Yo le decía en broma que ya se estaba poniendo viejito, sabiendo que no le gustaba que se lo dijera.

En marzo de 2017, mi mamá también enfermó. Una hemorragia fuerte, sospechas de cáncer, estudios, miedo. Todo apuntaba a lo peor, pero Dios intervino. No fue cáncer. Con tratamiento y reposo, fue mejorando. Aun así, tuvo que dejar su trabajo.

En Semana Santa fui a visitarlos. Noté que mi papá no estaba bien. Lo vi apagado, sin fuerzas. Ya no jugaba con mis hijos como antes. Dormía incómodo. Le estaban saliendo manchas rojas en la piel. Le pedí que se revisara otra vez.

El 20 de abril, me llamó:

—Ya no pude ir a trabajar. No tengo fuerzas.

Ese día todo cambió. Dejó de trabajar, de salir, de jugar fútbol. La familia entró en crisis. No había dinero, no había respuestas, pero Dios nunca nos desamparó.

Una sobrina suya —que ni esperábamos— pagó consultas y medicamentos. Luego llegaron remedios, oraciones, diagnósticos equivocados, exorcismos… nada servía. Para mayo, sabíamos que su final estaba cerca.

Me sentía impotente. No podía estar allá. No tenía dinero. Usé los ahorros de mis hijos para viajar y ayudar con estudios y despensa. Me dolía no hacer más. Me dolía dejar a mis hijos, a mi esposo. Pero no estar allá me angustiaba aún más.

Los diagnósticos eran inciertos. Ninguno claro. Cada vez más débil. Más deteriorado. Y aun así, Dios no nos soltó. Usó a personas —familia, amigos, vecinos— como ángeles con forma humana.

Junio llegó. Yo ya vivía un duelo sin saberlo. No quería nada: ni marido, ni hijos, ni amigos. Solo quería estar con mi familia. Me desconecté. Lloraba a diario. Me sentía vacía, malhumorada. No dormía bien.

Mi cumpleaños se acercaba. Le pedía a Dios:

—Por favor, que no muera el día que nací.

Todos los días le llamábamos. Le decíamos cuánto lo amábamos.

Llegó el Día del Padre. Viajamos a verlo. Él salió a despedirse de sus amigos. Ese gesto me estrujó el alma. Un mes antes, sentí como si Dios me abrazara. Mirando el cielo, el viento en casa, entendí algo en mi corazón:

—Tu papá va a morir. Pero todo estará bien.

Solo le pedí a Dios estar ahí cuando ocurriera.

El 24 de junio lo hospitalizaron. El 25 tomé a mis hijos, mis maletas, y me fui. No me importó dejar nada. Solo quería estar con él.

El martes lo dieron de alta sin oxígeno. El miércoles ya estaba grave. Buscamos desesperadas un tanque. Cuando regresamos, llamamos a la ambulancia. Tardaron en reaccionar.

 

Mi mamá y hermana fueron con él. Yo llegué después. Un tío me llevó. Mientras íbamos, trataba de distraerme preguntando sobre mis carreras, pero yo ya sabía que venía lo peor.


Mi hermana me llamó:

—Le dio un infarto.

Lloré. Lloramos. Lo entubaron. Lo sedaron. Llegó la familia. Mucha. Fue un bálsamo en medio del dolor. Todos estábamos. Todos oramos.

Los doctores fueron sinceros: si despertaba, quedaría con daño cerebral.

Esa noche pedí quedarme con él. Me daba miedo, pero quise hacerlo. Le canté alabanzas. Le recité los salmos que él mismo me enseñó de niña: el 23, el 51, el 91.

Le hablé al oído. Le agradecí. Le dije que lo perdonábamos. Le aseguré que sus nietos estarían bien. Que nos había dejado la mejor herencia: conocer a Dios.

Entonces, rodaron lágrimas por sus mejillas.

Le canté el Salmo 23… y sus latidos del corazón comenzaron a bajar.

A las 2:30 a.m., la máquina hizo el sonido que jamás olvidaré. Lo intentaron revivir varias veces. Lo lograron por segundos. Pero su corazón se volvía a detener. Me sentí huérfana, desprotegida y sola.

El médico me dijo:

—Haz tu llamada. Dile a tu mamá.

Eso también fue lo más difícil: decirle a mi madre que su esposo había muerto.

No había dinero para gastos funerarios. Pero la familia se movió. No tuvimos que pagar nada. Solo recibirlo en el ataúd.

Nunca supimos la causa real de su enfermedad.

Pero no quiero terminar sin decir esto:

Mi papá no tuvo una vida fácil. Su infancia fue dura. Sus decisiones, imperfectas. Pero conoció a Cristo.

Y en los últimos tres meses de vida, vimos cómo Dios lo restauró, lo perdonó, y lo preparó para partir.

No esperes a tocar fondo para buscar a Dios.

Jesús es el único medio para reconciliarte con el Creador. Él es vida, verdad, paz y libertad.

La vida es corta.

Abraza. Perdona. Ama.

Y vive honrando al Dios que te la dio.

 Con cariño,

Mariana Celis.

Comentarios

Entradas populares