Cachetada con guante blanco.

Hoy quiero escribir sobre esa actitud tan común pero tan engañosa: la famosa “cachetada con guante blanco”.

Suena fino, civilizado, hasta moralmente superior. Pero, seamos honestas: sigue siendo una forma de venganza. Una respuesta pasivo-agresiva disfrazada de virtud. No es justicia, es ego. No es redención, es orgullo camuflado.

Yo también he sentido esa tentación. Esa necesidad de “responder con altura y venganza”, pero con una intención oculta de demostrar algo: “Te perdono… pero que te quede claro que yo soy mejor persona que tú.”

Y en realidad, eso no es amor. Es manipulación emocional bien adornada.


Y eso no tiene nada que ver con el carácter de Cristo.

Actuar en amor no significa quedarte callada mientras te pisotean.

Pero tampoco se trata de disfrazar el resentimiento con frases espirituales o actitudes pasivas que solo esconden el deseo de reclamo o queja.

El amor maduro no se mueve por la necesidad de recibir algo a cambio.

El amor maduro no necesita aplaudirse a sí mismo.

El amor maduro actúa libre, porque descansa en que Dios ve. Dios afirma. Dios recompensa.

Por eso saca de tu mente la venganza elegante, porque eso solo es una santidad falsa: elige el amor firme.

Hay algunas verdades que me han confrontando:

Amor no es ser tonta. Es ser libre.

Libre para bendecir incluso cuando no te celebran.

Libre para no devolver lo que te hicieron.

Libre para no usar la fe como fachada para tu ego herido.

Jesús no reaccionó con drama.

Tampoco con indiferencia pasivo-agresiva.

Respondió con verdad, firmeza y amor. Incluso hacia Judas.

Eso… eso es lo que quiero aprender.

No a ser una “santa intocable” ni a tener la última palabra disfrazada de "madurez espiritual".

Sino a vivir con el corazón tan anclado en Cristo, que no necesite probarle nada a nadie.

¿Cómo trabajo esto en lo cotidiano?

Hago un inventario emocional.

Cuando me duele algo, lo escribo. ¿Qué me dolió? ¿Qué me revela de mí? ¿De qué quiero vengarme?

También soy intencional en celebrar  a otras personas especialmente a mujeres, aunque no me celebren, aunque duela. Porque eso rompe mi orgullo y sana mi alma.

Oro por ellas.

Porque cuando las llevo delante de Dios, ya no las veo como enemigas, sino como mujeres rotas igual que yo. 

El silencio de otras no borra el aplauso de Dios.

Y cuando eso me basta… soy libre.

Libre para amar.

Libre para servir.

Libre para parecer tonta, si eso glorifica a Cristo.

Hay una oración que hago cuando las ganas de venganza me rebasan: "Señor, no quiero usar la fe como máscara para esconder mi ego herido.

Líbrame del deseo de tener la razón o de ser “la más madura”.

Enséñame a amar de verdad: con firmeza, sin hipocresía y con libertad.

Afírmame Tú. Porque si Tú me celebras en lo secreto, ya no necesito venganza disfrazada".

Con cariño,

                        Mariana Celis



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