Las dificultades llegan sin avisar.

Las dificultades llegan sin avisar. Aflicciones, pruebas… o como prefiero llamarlas: desiertos. Tal vez, como yo, tú también estés atravesando uno de estos valles áridos, pesados y dolorosos. Y si ahora no es tu caso, lamento decirte que, en algún momento, lo será. Porque en esta vida, el desierto es inevitable.

Pero la verdadera pregunta no es “¿por qué?”, sino:

¿Para qué?

“Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto: para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos.”

— Deuteronomio 8:2

El desierto no es un castigo. Es una escuela. Un lugar de corrección, revelación y purificación. A través de la aflicción, aprendemos a valorar lo que realmente importa, y, sobre todo, descubrimos lo que hay en nuestro corazón. No para que Dios lo sepa —Él ya lo conoce—, sino para que nosotros lo enfrentemos.

“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”

— Jeremías 17:9



Y es justo ahí, en ese desierto, cuando finalmente nos humillamos y reconocemos nuestra necesidad de Dios. Es como si se nos quitara toda pretensión, toda apariencia… y quedamos desnudos frente a nuestra realidad espiritual.

A nadie le gusta el desierto. Porque en él somos confrontados con la soledad, el desánimo, la confusión. Pero también es ahí donde Dios nos exprime y nos purifica. Donde arranca de raíz el orgullo, la soberbia, la autosuficiencia. Para darnos un corazón nuevo, humilde, y enseñarnos a depender completamente de Él.

Dios nos permite perder muchas cosas para fijar nuestros ojos solo en Él. Nos disciplina como un Padre amoroso. Nos pule, nos forma, nos madura. Nos hace crecer.

Y aunque parezca desolador, ¡es una misericordia! Porque en ese proceso Dios nos cimenta en su Palabra. Nos equipa. Nos fortalece. Nos prepara para dar fruto y cumplir el propósito por el cual fuimos creados.

Te entiendo. Hay días en que parece que no hay salida. Que todo está oscuro. Que solo quieres despertar de esa pesadilla.

Pero ahí, justo en ese momento, aparece la voz de Jesús diciendo:

 “Yo soy el camino, la verdad y la vida.”

— Juan 14:6

Si permaneces firme, incluso con lágrimas, dolor y dudas… Dios te está formando. Él te está capacitando, fortaleciendo, coronando con misericordia. Y cuando salgas del desierto, no saldrás igual: saldrás equipada.

Aunque a veces parezca que guarda silencio, Dios no se ha ido. Él permanece fiel. Él va contigo en cada paso.

“Pero tú debes mantener la mente clara en toda situación. No tengas miedo de sufrir por el Señor. Ocúpate en decirles a otros la Buena Noticia y lleva a cabo todo el ministerio que Dios te dio.”

— 2 Timoteo 4:5 (NTV)

“Amados hermanos, cuando tengan que enfrentar cualquier tipo de problemas, considérenlo como un tiempo para alegrarse mucho, porque ustedes saben que, siempre que se pone a prueba la fe, la constancia tiene una oportunidad para desarrollarse. Así que dejen que crezca, pues una vez que su constancia se haya desarrollado plenamente, serán perfectos y completos, y no les faltará nada.”

— Santiago 1:2–4 (NTV)


Salmos 66:10-12 NTV

Nos pusiste a prueba, oh Dios;
nos purificaste como se purifica la plata.
Nos atrapaste en tu red
y pusiste sobre nuestra espalda la carga de la esclavitud.
Luego colocaste un líder sobre nosotros.
Pasamos por el fuego y por la inundación,
pero nos llevaste a un lugar de mucha abundancia.

Canción recomendada: "Guíame al monte- Alfarero" te dejo el link
 https://youtu.be/IoGWaaeY01Q


Con cariño
Mariana Celis.

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